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El Archivo Histórico de la Provincia de Tucumán, dependiente de la Secretaría de Estado de Gobierno y Justicia, rinde homenaje a la memorable gesta de 1816, en oportunidad del Bicentenario de la Declaración de la Independencia Argentina, con la edición de la presente Antología Cultural 1916-2016. Trátase de una convocatoria amplia, inclusiva, no condicionada, formulada a actores de la cultura vinculados con la Historia, la Literatura, la Lingüística, la Filosofía, las Ciencias Naturales y Físico-matemáticas, la Arquitectura y el Urbanismo, la Bioética y la Salud, la Vida de las Comunidades, el Teatro, la Música, las Artes Plásticas. Contamos con la colaboración de destacadas personalidades de la cultura, tales como César Pelli, Pedro Luis Barcia, Daniel Dessein, Carlos Duguech, Carmen Perilli, Enrique López Avellaneda, Denise León, Jaime Nubiola, Lucía Piossek Prebisch, Manuel Héctoc Zaraspe, entre otros.

Cada capítulo recoge una monografía de extensión intermedia, aproximadamente seis páginas, sin un límite estricto ilustrada con fotografías; gráficos: croquis; planos; etc.

Las invitaciones se han cursado a personas distinguidas de la sociedad, vinculadas con el quehacer provincial y privilegiando la exaltación de la dignidad del hombre. 

Hasta el día de su presentación, programada en principio para el mes de septiembre, subiremos a nuestra web algunos de los excelentes trabajos que se incluirán en la Antología Cultural 1916-2016.

En esta oportunidad compartimos con ustedes el maravilloso texto de la Dra. Denise León:

 

ARVOLES YORAN POR LLUVYAS O LAS LENGUAS DE LA NOSTALGIA

Denise León

Arvoles yoran por lluvyas
I muntanyas por ayres
Ansi yoran los mis ojos
Por ti, kerida amante.
Torno i digo:ke va a ser de mí?
En tierras ayenas yo me vo murir.

Cantiga lírica sefaradí 

Sumergidos en el lenguaje como estamos - cercados por las palabras - cada uno de nosotros habla su propio “idiolecto”, su propia lengua. Es decir, una lengua que solo puede traducirse parcialmente - todo intercambio es incompleto - y que sentimos profundamente nuestra en sus inflexiones, en la música de determinadas palabras y expresiones, en sus recuerdos privados y en sus ritmos propios. Así, todo territorio lingüístico contiene y delimita sus espacios sagrados, sus centros flotantes (1) .
En mi caso, uno de esos centros tiene que ver con la casa familiar, con la casa de la infancia. La casa es el origen, es el orden. Un orden poderoso y esquivo que tiene que ver sobre todo con las mujeres - con mi madre, con mis abuelas - y que voy buscando y voy perdiendo y voy recuperando y voy transformando en mis poemas. A partir de la existencia secreta y elusiva de esta casa en la que siempre estoy merodeando, voy tejiendo una maraña de citas, una maraña de notas al pie: el texto de mi vida.
En la cuadra en la que yo crecí no vivía ninguna niña, solo había varones para jugar. Así que tempranamente, y un poco muerta de miedo, me obligaron a aprender a andar en bicicleta sin rueditas, a disparar rifles de aire comprimido y a manejar la honda. Siempre admiré la aventura y sin embargo soy absolutamente incapaz de la ferocidad y el espíritu aventurero. Hay personas y poetas a los que les suceden cosas, a mí solo me sucedieron las lecturas y el lenguaje. Y ese lenguaje, que es el lenguaje de la casa - o la casa del lenguaje - tiene que ver con mis abuelos, judíos sefaradíes inmigrantes (2).
Los límites del mundo son, ciertamente, los límites del lenguaje, los límites de aquello que podemos nombrar y pensar. Al haber permanecido en el exilio durante siglos, los judíos convirtieron su lengua y su cultura en una especie de patria migrante que podían transportar y que les permitía reconocerse con los suyos en los distintos lugares geográficos que la historia les deparó. Como se sabe, los judíos han vivido en los siglos pasados en una situación de aislamiento físico (recluidos en barrios especiales) respecto de sus compatriotas de otras religiones. En la mayoría de los casos, esta reclusión implicaba también un aislamiento social, cultural, y por supuesto, lingüístico. Los judíos desarrollaron así unas formas particulares de hablar, tanto a causa de sus peculiaridades culturales como por un sentido de autodefensa, o sea para poder comunicarse entre ellos sin ser comprendidos.
Mientras los grupos que las hablaban se encontraban en una situación de marginación y hostilidad y necesitaban comunicarse sin ser comprendidos, mantenerse cohesionados y distinguirse de otros grupos, estas formas particulares de hablar tuvieron sentido. Pero las lenguas son mortales. Como cualquier organismo vivo, una lengua arroja sobre el mar de la totalidad su propia red particular con la que extrae formas de vida que, de otro modo, no serían posibles. Cada lengua engendra y conserva con inaudita tenacidad nombres de árboles, de objetos y de ciudades que tal vez se abandonarán luego; y construye una visión del mundo y de los hombres, un modo de soñar el pasado y el futuro que la distingue de otras y que le da su propio sabor.
Durante muchos siglos, los sefaradíes (expulsados de España en 1492) conservaron el idioma del país que los expulsó porque lo sentían como un rasgo propio y distintivo que los caracterizaba frente a otros pueblos que los rodeaban. Tal vez por eso, dieron a su lengua denominaciones derivadas del hecho de su propia condición como judíos: yudesmo, yudio o yidió (3).

Muchas lenguas, como los hombres que las habitan, han sido barridas de grandes regiones de la tierra. Actualmente, agonizan. La destrucción metódica de la comunidad judía llevada a cabo por los nazis en todo el territorio europeo, condujo casi a la aniquilación de la cultura, el modo de vida y la lengua judeo española. En el caso de aquellos que lograron sobrevivir y que se radicaron en América Latina, el proyecto estatal de integración nacional y el propio deseo de los nuevos ciudadanos hicieron que, con el correr del tiempo, los decires de los ancestros se volvieran lejanos y se diluyeran en las lenguas similares de los nuevos destinos.
Tal vez porque las palabras no dicen del todo esa extraña condición que permite que los judíos puedan reconocerse entre sí, los lazos sean tan persistentes como misteriosos. La memoria funciona como un fotógrafo escondido que toma imágenes cuando no miramos. Solo en momentos de peligro se nos devuelven esas imágenes robadas para que podamos vernos y comprender en verdad quiénes somos. La sopa me salió enshaguada digo en la única forma posible que hay para decirlo. No se puede pensar el mundo sin la sombra de otros, sin el eco lejano y siempre acechante de ese país propio y a la vez muy anterior a mi llegada. Las palabras que lo hacen y lo nombran no describen un lugar, sino un conjuro que habita en mi memoria y que repetido me permite ingresar al eco de otros ecos: nochada buena que tengamos, Amén.
Estudio entonces escritoras judías argentinas. Busco nombres familiares. Busco personajes sefaradíes en las novelas como cuando uno vuelve a un lugar en el que no ha estado hace mucho tiempo y quiere encontrar algún rastro fiel al recuerdo. Pero no hay. ¿No hay ninguna escritora a la que su madre o su abuela le hayan dicho novia que te vea? ¿Nadie que conserve el lenguaje sagrado con el que se encendían las velas de los viernes? ¿No escriben esas a las que les cantaron Adió querida? Y el hombre en el documental canta Adió querida, y la abuela se mece apenas en la silla llevando el compás y se le llenan los ojos de lágrimas y desafina.
Los poemas suelen aparecer ante el lector como un producto acabado. Para el poeta, sin embargo, este producto acabado no es más que la estabilización transitoria de un proceso lleno de opacidades, lleno de temblores. En cierto modo, nosotros, los que vinimos después, los nietos de aquellos cuyos nombres “kantan, encantan y hacen yorar” hemos perdido las viejas palabras, el sentido del continente, de la totalidad y nos hemos convertido en agujeros en el océano. Solo nos queda un puñado de postales amarillas y de objetos diversos, disímiles, como el equipaje armado ante la inminencia de una partida súbita, imprevista.
Tal vez por esto, mis Poemas de Estambul, despertaron cierta curiosidad, cierta intriga. Y quien los comentara para la Revista Aky Yerushalayim advertía con lucidez que “klaramente el ladino de estos poemas no es el ke se avla aktualmente en las komunidades sefaradis del Mediterraneo; se nota en el la influensa del espanyol avlado en Arjentina, lo ke es natural, siendo ke la autora nasio i se eduko en este paiz” (4) .
El ladino de mis poemas - en efecto - tiene un acento muy peculiar que difícilmente pueda encontrar un correlato geográfico específico, sencillamente porque es una lengua inventada, una lengua que no es de ninguna parte y que por eso tiene también algo de deliberado, de artificial, y de imposible. Una lengua que no tiene sombra, como el agua.

La piedra minudika | del silensio. | La kamareta de mi madre. | La yavedura blanka | ke mira a la kamareta. | Los talones de mis pieses | ke desean | i no ayegan la ventana. | El empiezo de todas las kosas. | La palavra ke kita el miedo | i una boz | ke es la manyana (5).

El poeta, el traductor y el exiliado saben que todo idioma es impuro, que no hay idioma que sea una isla, y que toda lengua contiene a otras lenguas. En la historia, el constante ir y venir de imperios, colonias y migraciones confirma el carácter problemático de las fronteras del lenguaje. Los idiomas se invaden entre sí, como lo demuestran las naciones y las literaturas del mundo. En el origen de mi aprendizaje están mezcladas estas dos lenguas próximas y distantes al mismo tiempo. Una, se escribe de derecha a izquierda; la otra, de izquierda a derecha.
El método poético consistirá entonces, sobre todo, en enumerar minuciosamente las pequeñas cosas, pegando la nariz a ellas hasta que estas nos entreguen sus historias, sus secretos, su saber sobre lo que las rodea. Trabajar con los restos del banquete, con las sobras, con las hebras de la nostalgia que siguen de alguna manera actuando, prolongándose en la lengua cotidiana, en la música precisa de algunas palabras.
La idea de este “lenguaje antiguo” como huella y resto es en sí misma, según creo, poética. Es importante reconocer que cuando trabajo con los textos, la lengua impone sus límites y sus posibilidades. Cada palabra, cada expresión que elijo y recuerdo es el símbolo silencioso de algo mucho más profundo y más antiguo; y comenzar a relacionarme con ese universo me va conduciendo al futuro de su realidad escrita. Y si la casa natal, está físicamente inscripta en el sujeto con sus espacios de calidez y de sombra, con sus escondites solitarios y sus lugares de sociabilidad - como quería Bachelard - mi casa tiene que ver con estas cosas. La infancia inmóvil, la sensación de protección y el tesoro de los días pasados, se dicen o pueden decirse en ladino. En un ladino casero, familiar, mezclado con expresiones del lunfardo y los localismos norteños. Una lengua espuria, mi lengua.
Mis Poemas de Estambul son un intento de mantenerse fiel a esta dicción, a su timbre privado y, tal vez, al propósito de refractar en vez de reflejar la vida a través del prisma del corazón individual. Son un pobre resto de algo grandioso, y también un homenaje que solo es posible desde la modificación y la pérdida. Solo podemos conservar aquello que modificamos hasta sentirlo como propio.
La Mishná Abot comienza con el siguiente párrafo, revelando la cadena de la tradición farisea: “Moisés recibió la Torá en el Sinaí y la trasmitió a Josué y Josué a los Antiguos y los Antiguos a los Profetas y los Profetas la transmitieron a los Hombres de la Gran Asamblea” (6) . En esta imagen se cifra el proceso que forja la memoria del grupo: la repetición. No se trata de desplegar los sucesos como si fueran una sola pieza de hilo, sino de construir una cadena a través de distintos eslabones. Los judíos no eran virtuosos de la memoria; eran receptores atentos y soberbios transmisores, o, en otras palabras, repetidores.
Desde esta perspectiva - entonces - como supone Diana Sperling, se recibe para transmitir; de modo que aquello que resultaba tal vez ininteligible en el presente se filtrara a través de la mirada del estudioso, del comentarista y llegara al futuro donde podría ser, tal vez, interpretado. Las verdades que alguna vez fueron aceptadas contribuyen al gran bagaje de la tradición pero esta - finalmente - no está conformada por un número cerrado de posibilidades, sino que se construye día a día y se llena de la tensión entre repetición y transformación, entre contenidos conservadores y contenidos utópicos. Los contenidos utópicos hablarían de aquello que el pasado ha callado y que el presente o el futuro pueden sacar a flote. Los contenidos utópicos tienen cabida en la medida en que el texto bíblico hebreo, como se sabe, carece de vocales. Es decir que, en cada ocasión, y de acuerdo a cada lectura y cada lector, el texto puede leerse de un modo diferente.
La tradición se va configurando así a partir de sus narraciones, de sus relatos que no hacen sino hablar de manera alterada de sí mismos. Con frecuencia, la tradición calla: está conformada también de silencios. Y los silencios son las arrugas del pasado y las marcas del porvenir a través de las cuales se trata de ver más allá, de leer entre líneas. Escribir será entonces internarse en la multiplicidad de voces del pasado y frente a ese eco - o ese rumor sordo - optar: elegir el propio destino. Es decir: la propia interpretación, sin importar que esta - a su vez - pase con el tiempo a formar parte de lo establecido.

 

1) Texto basado en “Arvoles yoran por yuvias o las lenguas de la nostalgia”, publicado en La música de la poesía. 2011. Ediciones del Dock. Buenos Aires, Argentina. 2) Se considera generalmente como sefaradíes a aquellos judíos que originarios de España (llamada antiguamente Sefarad) y como resultado de la alternativa impuesta por los Reyes Católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón - prácticamente, conversión al catolicismo o expulsión - se exiliaron en masa en su inmensa mayoría y se asentaron fundamentalmente en la cuenca del Mediterráneo. 3) El judeoespañol vernacular es una variedad de la lengua española tal como la hablaban los judíos en el momento de su expulsión. Posteriormente y en la medida en que los sefaradíes se van desvinculando de España y quedan aislados de esa fuente, comienza la absorción lingüística de los distintos países de residencia: Turquía, Grecia, Italia, Francia, etc. Existen distintas variedades de judeoespañol, como la jaquetía o el tetuaní, habladas en el Norte de África sobre todo. También se denomina al judeoespañol como ladino, españolit, yudió o romance4) “Claramente, el ladino de estos poemas no es el que se habla actualmente en las comunidades sefaradíes del Mediterráneo; se nota en él la influencia del español hablado en la Argentina, lo que es natural siendo que la autora nació y se educó en este país”. El texto completo puede leerse en la versión electrónica de la Revista Kulturala Djudeo-espanyola Aky Yerushalayim, año 30, n° 85, Abril de 2009: http://www.aki-yerushalayim.co.il/ay/085/index.htm. 5) De Poemas de Estambul, Alción 2008. 6) Yerushalmi, Yosef. 1998. Usos del olvido. Nueva Visión. Buenos Aires, Arg. Pág. 19.

Efemérides

  • 24 de noviembre

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    1542: El licenciado Vaca de Castro, gobernador del Perú, se dirige al rey Carlos V comunicándole la designación del Capitán Diego de Rojas para emprender la conquista del Tucumán.

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