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Asesinato Express

 Asesinato Express

Las costumbres en la era de la mazorca. Los jóvenes presumidos con sus viajes eternos a Buenos Aires, el cuidado extremo de las mujeres, la angustia de las cholitas y la violencia del régimen rosista expresada en los relatos personales del señor Sal, entre los que se incluye su testimonio de un asesinato en medio de un jolgorio...

 "Entre los títulos de vanidad social de nuestros abuelos, se contaba la de ser dueño o dependiente de tienda, que era una de las ocupaciones distinguidas. Los jóvenes, cerrado el negocio, salían a la calle, ostentando su profesión con el girar de la llave nobiliaria entre los dedos con aire de orgullo y empaque de normalista. Y más grave era aún su aspecto y la admiración a que se creían acreedores cuando contaban en su haber y referían la proeza de un viaje a Buenos Aires al frente de tropas de carretas, en compra y venta de mercaderías. El viaje, no exento de peligros, duraba seis meses entre ida y vuelta, el regreso se anunciaba desde lejos con marciales y alegres toques de clarín, y constituía un acontecimiento comentado años tras años por las familias de los expedicionarios y por los interesados en los cargamentos.

La educación de la mujer en sus relaciones con el hombre fue en general retraída y severa. No era fácil conversar con la novia sin oyentes, a no ser en los momentos en que se la acompañaba al piano o al baile. Las niñas no podían salir a la calle sino acompañadas de personas de respeto; pero el instinto social encontraba su derivativo en la costumbre que tenía de recorrer las tiendas atendidas por lo más “chic” de la sociedad, donde entre alegres conversaciones y coqueterías adquirían novedades de vestir y conquistaban corazones.

¡Ah! De las mujeres y aún de los hombres que no asistieran a la misa y a las fiestas religiosas celebradas en las humildes iglesias de entonces, míseras construcciones con techos de tejas y tablas.

Fueron renombradas por su belleza Dolores y Restituta Silva, Manuela Vázquez, Pepa Gondra, Rosario Arozeana, Albeana Santillán y otras.
Pocas casas de familia tenían piano. Solía haber tertulias en lo de Frías, Paz, Aráoz de Ávila, Martínez, etc. El alumbrado era a vela con una que otra lámpara alimentada con aceite. Se bailaba el vals, el minué, la contradanza y terminaban las tertulias con los bailecitos populares llamados el escondido, el remedio, la mariquita, la tunante, la chacarera, el gato, el ecuador y otros. A los invitados se obsequiaba con yerbas, mistelas de varias clases, anís, aloja de algarroba y naranjadas con aguardiente, llamadas “quemaditos”. Y a las señoritas se les servía rosquetes, tortitas de leche y buñuelos.

Las damas se coloreaban con un papel pintado que preparaba doña Bernabela Baturi, y al que se agregaba albayalde y vinagrillo. Las cholitas abusaban hasta más no poder de esta pintura. Los perfumes conocidos y de tono eran el pachulí, el agua de ámbar y el agua florida.

Bajo el gobierno manso de Gutiérrez, poco a poco se abandonó la exigencia tiránica de llevar trajes, moños y cintas de color punzó. Las niñas no usaban sombrero y llevaban mantas o mantillas, grandes peinetas de carey y el peinado de largas trenzas. Los hombres vestían eternas levitas y altos sombreros de pelo, sombreros que ultrapasados de uso y de moda, servían, rellenados de papeles, para los hijos pequeños.

Nos parece ver en templadas y claras noches de luna a los infaltables jóvenes “tunantes”, provistos de mistelas y rosquetes y de velas para el alumbrado, y en compañía del músico arpista, encaminarse por sendas más que por calles, felices en su pobreza, a la “Quinta Vieja” (hoy Plaza Yrigoyen), el barrio más favorecido por nuestras legendarias bellas cholitas, que abrían sus casas a solicitud de dulces y tristes serenatas en estos gérmenes de ciudades, diseminadas y perdidas en la inconmensurable extensión de las tierras y bosques de América, pobres, temerosas y quebrantadas por lo duro del trabajo y por los crímenes y excesos de la tiranía política caudillesca y militar, en las noches reinaba la quietud y el silencio de la naturaleza, solo interrumpido por algún escándalo de borrachos o por el triste cantar de los serenos anunciando la hora y el tiempo.

¡Ah, la tiranía, la guerra y el militarismo! El terror iba penetrando y carcomiendo día a día el alma de nuestros padres. Cuando era joven el señor Sal fueron azotados aquí en Tucumán, por no ser adictos a la tiranía, doña Catalina Aráoz y las señoras de Pondal, entre otras. Maza tenía el cuartel de sus tropas en la iglesia de la Merced, y el señor Sal recuerda haber visto en el atrio dos soldados que mantenían al fuego una olla de brea. Era su consigna detener a las señoras y niñas que por descuido o dignidad no llevaran el distintivo de la mazorca y pegarles en la cabeza con brea caliente el moño punzó. Refiere también nuestro mentor que una noche con otras personas mosqueteaba desde la ventana un baile que había en la casa del señor Francisco Pomares en la actual calle Entre Ríos segunda cuadra. Estaban en el baile algunos de esos oficiales asesinos, secuaces del comandante Golfarini, que bajo las órdenes de Maza y de Oribe aterró a esta ciudad en aquellos tiempos de gobiernos militares ¡de los que Dios nos libre para siempre! Uno de esos oficiales bailaba mail y cuando notó que uno de los mosqueteros se le reía, salió a la calle, sacó su puñal de la bota y, tomando del saco al infeliz que se había reído, lo degolló, limpió el puñal ensangrentado en la suela y se volvió tranquilamente a continuar su baile. El señor Sal y los demás curiosos se retiraron horrorizados y en silencio, dejando a la víctima tendida en el suelo."

Fuente: Lo que era la Ciudad de Tucumán. Ochenta años atrás. Referencias de Don Florencio Sal, recogidas por el Doctor Don José Ignacio Aráoz y escritas en 1913. Publicaciones hechas por el Gobierno de Tucumán con motivo del Centenario de 1916.

Fotografía: Bandera Rosista - http://socialesanalia.blogspot.com.ar/

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